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Alteraciones neurológicas (aferente y eferente)

La visión es un proceso neurológico muy complejo y gracias a ella somos capaces, no solo de ver con nitidez, sino de interpretar, organizar y dar sentido a lo que vemos.

Este proceso puede clasificarse en dos tipos. En primer lugar, llevando los estímulos nerviosos desde los órganos receptores hacia el sistema nervioso central (aferente). Y, segundo, trasladando las respuestas del sistema nervioso central a los órganos o sistemas periféricos (eferente).

La vía aferente comienza cuando la luz estimula los fotorreceptores de la retina (conos y bastones), que sinaptan con células bipolares, estas sinaptan con células ganglionares, las que se consideran la primera neurona de la vía. Los axones de las células ganglionares de la retina forman el nervio óptico. Antes de su acceso al cerebro tiene lugar el cruzamiento de parte de las fibras en el quiasma óptico. Superado el quiasma, las fibras reciben el nombre de tracto óptico o cintilla óptica. La cintilla proyecta hacia el NGL del tálamo, núcleo de relevo y vía principal entre la retina y la corteza estriada.

Las vías eferentes también se conocen como vías motoras, ya que la mayoría llevan las respuestas a los músculos o las glándulas e inervan los músculos del ojo, parpados, el músculo ciliar (de la acomodación) y el esfínter pupilar.

El óptico-optometrista, mediante exámenes visuales con controles de agudeza visual y visión periférica y binocular, fondo de ojo, control oculomotor, reflejos pupilares y otros, es capaz de detectar alteraciones neurológicas reduciendo así los riesgos derivados de las patologías asociadas.

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